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brindis_navidadFELIZ SOBRIEDAD

De niño, la Navidad para mí era una época mágica. Las vacaciones invernales rompían la rutina del día a día escolar. Los regalos y las chucherías me pillaban por sorpresa. De repente ya no era tan importante acabarse la verdura, ni hacer los deberes, ni ordenar la habitación. Los mayores nos hablaban de compartir y de portarnos bien, eso sí, pero acto seguido nos agasajaban con todo tipo de permisos, dulces y juguetes.

Prácticamente sin tiempo de dejar de ser niño, la Navidad me trajo también un descubrimiento que iba a marcar mi camino: Los primeros contactos con el alcohol.

Nunca olvidaré como los mayores me lanzaban una mirada socarrona cuando les pedía que me dejaran probar el cava, y luego me lo servían con alguna leve advertencia en tono de broma. Cuando, al rato, volvía a hacerle la misma pregunta a algún otro, se reía:

–   ¡¡Probarlo ya lo has probado… Listillo!! ¡¡Tu lo que quieres es repetir!!

Y volvían a reír, mientras me servían un poquito más.

De joven, la Navidad adquirió otro matiz. La magia había desaparecido. Ya no existían seres mitológicos que trajeran regalos. Lo que sí que seguía existiendo era la sensación de que, durante unas semanas, los límites habituales perdían su validez. Durante esa época ya no había que pedir que te llenaran la copa. La petición más habitual, en cambio, era que trajeran otra botella, porqué en el “rincón de los jóvenes”, bajaban con mucha rapidez. También era habitual levantarse después del café y alargar la mano para que tus padres, o alguno de tus tíos más simpáticos, te regalaran un billete con el que llevarse la fiesta a otro lado, con la misma mirada guasona que utilizaban años antes para llenarte la copa.

No recuerdo exactamente cuando empezaron a cambiar las cosas. Tengo la curiosa sensación de que muchas navidades a partir de entonces se entremezclan unas con otras, se esconden, son difíciles de recordar. Lo que sí sé, es que los últimos años, los problemas aumentaron rápidamente. Recuerdo un par de ocasiones en que, después del café, ya no era yo quien decidía irme, sino que los mayores me invitaban a que me largara:

–    Para que te toque el aire!!

Parece que mi forma de hablar a gritos, y mi falta de coordinación empezaban a resultar cansinos. Ya no había billetes ni miradas socarronas. Algo había cambiado, y parecía que yo fuera el último en darse cuenta de ello.

Lo peor fueron los últimos dos años. Yo los llamo la “travesía del desierto”. Esos años en que ya todo el mundo es consciente de que algo no está bien. En los que uno llega a la Navidad cansado, sin nada que celebrar, habiendo roto tantas cosas a lo largo del año que, el único regalo que se atreve a pedir, es el fin de los reproches y de los silencios acusadores. En esas ocasiones, ya nadie te acerca la botella, les da miedo hacerlo. Uno mismo ya no la pide, prefiere disimular las ganas terribles que tiene de amorrarse a ella. Prefiere intentar aparentar, prefiere guardar la compostura. Una compostura en la que ya nadie cree, pero que uno se empeña en mantener. Uno ya se encargaba de ir a tomar la dosis necesaria más tarde, o de haberla tomado antes. No para celebrar, sino como medicina, para dejar de sufrir.

Por suerte, esa “travesía” terminó. Un día apareció un oasis en medio del desierto, y aterricé en un centro de tratamiento para mi adicción. Desde entonces, la Navidad ha seguido representando una época clave del año.

Los dos primeros años, decidí pasarlas ingresado en el centro, en mi oasis, completamente protegido. Más adelante, las primeras navidades que pasé en casa, me descubría a mi mismo con la mano en el bolsillo, agarrando el móvil, sabiendo que al otro lado podía encontrar a algún compañero adicto veterano que me ayudaría en caso de agobio. Tenía la sensación de que en cualquier momento debería escabullirme para llamarle. Lo pasaba fatal.

Y es que los primeros años de recuperación, los recuerdos, las emociones, la culpabilidad, y las ganas de recomponer, son tan intensos, que provocan muchas ganas de consumir. Muchas veces, en noviembre ya llega el primer tirón. La navidad ya se huele. La semana en que el ayuntamiento decora las calles de la ciudad con luces es muy dura. El consumo social de alcohol aumenta exponencialmente, y con ello, el malestar de los adictos en recuperación. Las salas de terapia se llenan de adictos pidiendo socorro.

Estas son mis sextas navidades como adicto recuperado, y a estas alturas, ya soy capaz de vivirlas con normalidad. Hago el pesebre con mi hijo. Paseamos por las calles iluminadas. Nos reunimos con toda la familia. Comemos la escudella, y hacemos cagar el tió. Es muy divertido.

Sin embargo, cuando veo la cantidad de alcohol y drogas que se consumen estos días me sigo horrorizando. En las cenas de empresa, en las comidas familiares, en la noche de fin de año… Cualquier excusa es buena para descorchar una botella, no hay límites, todo se justifica.

En estas ocasiones me embarga una sensación extraña. Cuesta definirla. Es como de haber ido, y haber vuelto. Recuerdo mi primera juventud, el consumo social, y no hay nostalgia, me siento en paz. Ya no necesito beber para celebrar. Ya no me hace falta encontrar excusas ni justificar nada.

img-ct-la-garrigaHoy he sentido la necesidad de acudir a una sala de terapia y compartir esta sensación con mis compañeros. Tal vez pueda aliviar el malestar de alguno de los que menos tiempo lleva sin consumir. Deseándole: FELIZ SOBRIEDAD.

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