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Hace unos días, estando mi madre y yo de visita en casa de un familiar, topamos con una foto enmarcada encima de una estantería que nos llamó la atención a ambos. Había sido tomada hace unos nueve años, pocos meses antes de mi ingreso en la clínica de rehabilitación para dejar las drogas.  Unas 10 o 12 personas aparecían posando para la cámara, entre ellos yo, con mi hijo encima de los hombros.

Al ver la foto mi madre me miró, volvió a mirar la foto, me volvió a mirar a mí y me dijo:

REALMENTE, estabas muy enfermo.

No hizo falta ningún otro comentario ni explicación. Seguimos la visita como si nada, y nos olvidamos del tema.

Pero ese momento ha vuelto varias veces a mi cabeza en los días sucesivos. Hubo algo en el comentario de mi madre que me llamó la atención. Tal vez fuera su tono al decir esa frase, o el modo en que recalcó la palabra “realmente”, o la expresión de su cara al mirar esa foto.

Y es que los adictos vivimos auténticas transformaciones al pasar por recuperación. En mi caso, yo perdí 25 kilos el primer año de tratamiento, porqué llegaba hinchado de tanto alcohol, y con el hígado atrofiado por el consumo de drogas. He visto otros muchos casos en que sucede al revés, adictos que llegan al tratamiento literalmente en los huesos y en los primeros meses de recuperación recuperan esos kilos que tanta falta les hacen. Todo depende del perfil de consumo de cada uno. La cuestión es que el retorno a unos hábitos saludables suele volver nuestros cuerpos maltratados a la normalidad.

Pero la transformación de qué os hablo va mucho más allá de eso, solo faltaría. Muchas veces el mayor cambio lo podemos encontrar en los ojos. Si vierais mi cara en esa foto entenderíais de qué os hablo. La boca esboza una amplia y estudiada sonrisa, pero la expresión de los ojos no puede esconder toda la angustia que sentía en ese momento. La droga se había acabado hacía ya un par de horas, entre mi camello y yo había por lo menos otra hora de coche, y ni siquiera tenía todavía pensada la excusa que pondría para desaparecer, ni de donde iba a sacar esta vez el dinero. La angustia, la culpabilidad, la impotencia, el desespero, el enojo, la frustración, la rabia… Todo eso y más suelen esconder los ojos de los adictos cuando estamos en activo.

La mayor transformación de todas, sin embargo, es la que atañe a nuestro modo de vida. La mayoría de personas adictas cuando están en activo tienen unos hábitos que, digámoslo así, brillan por su ausencia. Podemos pasar tres días sin dormir, para después dormir tres días seguidos. Pasar tres días sin comer, para después comernos la nevera entera (y todavía bajar a por más). Solemos llegar tarde e ir desaliñados, no sabemos donde hemos dejado las cosas y por nuestra casa parece que haya pasado un tornado. Por no hablar de nuestras actitudes. La dinámica del consumo nos obliga a mentir, a engañar, a escondernos, a manipular, a agredir si hace falta, o a dejarnos humillar si la ocasión lo requiere.

Mi cuerpo de antes; mi cuerpo ahora.

Mi mirada de antes; mi mirada ahora.

Mi vida de antes; mi vida ahora…

cambiar

 

Todo eso vio mi madre en esa foto, y creo que de repente comprendió, en lo más profundo de su ser, que la adicción REALMENTE es una enfermedad. No hay otra explicación posible. Algo debía tener roto en la cabeza para que haya podido cambiar tanto en todos los aspectos.

En mi labor como terapeuta, me he quedado sin saliva y me he estrujado los sesos durante horas enteras de terapia tratando de encontrar la manera de hacer comprender a adictos y familiares que la adicción no es una cuestión de fuerza de voluntad, ni de vicio, ni de debilidad de carácter, sino que se trata de una enfermedad real, y que tiene tratamiento. Pero por muchos esfuerzos que le dedique, creo que nunca lograré que interioricen esa idea del modo en que lo hizo mi madre al encontrar esa foto.

Ya lo dice el refranero, ¿no? Vale más una imagen que mil palabras.

 

 

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